El auge del "espiritual pero no religioso" representa una reconfiguración profunda de la autoridad espiritual en las sociedades occidentales, donde un porcentaje creciente de personas —entre el 18% y el 29% según el país— rechaza la afiliación institucional pero mantiene creencias y prácticas espirituales, desafiando tanto a las iglesias establecidas como a las categorías tradicionales de análisis sociológico.
En resumen:
- Entre 2012 y 2023, la proporción de adultos estadounidenses que se identifican como "espirituales pero no religiosos" se duplicó, pasando del 14% al 29%, según Pew Research Center.
- Las iglesias católica y evangélica interpretan el fenómeno como una forma de individualismo consumista, mientras que académicos como Grace Davie lo ven como una transformación legítima de la relación con lo sagrado.
- El fenómeno no es homogéneo: incluye desde prácticas de meditación y yoga hasta tradiciones comunitarias como las religiones afrocubanas, que ofrecen un modelo alternativo al individualismo espiritual.
¿Qué significa exactamente "espiritual pero no religioso"?
La categoría "espiritual pero no religioso" (SBNR por sus siglas en inglés) designa a personas que afirman tener creencias o experiencias espirituales —como la existencia de un poder superior, la conexión con la naturaleza o la práctica de la meditación— pero que rechazan la pertenencia a una religión organizada, sus dogmas, jerarquías y rituales institucionales. El término comenzó a popularizarse en la década de 1990, pero su uso académico se consolidó a partir de los estudios del Pew Research Center en 2012, cuando por primera vez se incluyó como categoría diferenciada en encuestas nacionales de afiliación religiosa.
Es crucial distinguir entre dos grupos que a menudo se confunden: los "sin afiliación religiosa" (o "nones"), que incluyen ateos, agnósticos y personas que simplemente no se identifican con ninguna religión, y los "espirituales pero no religiosos", que sí afirman tener una dimensión espiritual pero fuera de marcos institucionales. Según el estudio de Pew de 2023, el 28% de los adultos estadounidenses se declaran religiosamente no afiliados, mientras que un 29% adicional se describe como "espiritual pero no religioso". Esto significa que no todos los "nones" son ateos o agnósticos: muchos mantienen creencias espirituales activas.
¿Cuánto ha crecido este fenómeno y en qué países?
Los datos disponibles muestran un crecimiento sostenido en Estados Unidos, Europa y América Latina, aunque con variaciones significativas entre países. En Estados Unidos, el estudio "America's Changing Religious Landscape" del Pew Research Center documentó que el porcentaje de adultos sin afiliación religiosa pasó del 16% en 2007 al 23% en 2016, y alcanzó el 28% en 2023. Dentro de este grupo, los que se identifican como "espirituales pero no religiosos" se duplicaron del 14% en 2012 al 29% en 2023.
En Europa, el European Social Survey (ESS) registró incrementos notables entre 2014 y 2020. En Francia, la proporción de personas que se definen como "espirituales pero no religiosas" pasó del 19% al 27%; en Italia, del 12% al 18%; y en España, aunque el ESS no incluye datos específicos, el barómetro interno de la Conferencia Episcopal Española de 2022 reveló que la asistencia dominical a misa cayó al 17% de la población, mientras que un 38% de los españoles se declara "creyente a su manera", sin adscripción institucional. La Encuesta del CIS de 2023 confirmó esta tendencia: un 42% de los encuestados afirmó tener "creencias espirituales" no vinculadas a ninguna religión organizada, con un pico del 58% entre los menores de 35 años.
En América Latina, el Pew Research Center estimó en 2014 que el 19% de la población argentina y el 13% de la mexicana se declaraban "espirituales pero no religiosos". Para 2023, estimaciones actualizadas situaban estas cifras entre el 22% y el 25% en ambos países. Es importante señalar que estos datos provienen de encuestas de autoidentificación, lo que significa que las cifras pueden variar según cómo se formule la pregunta y qué opciones de respuesta se ofrezcan.
¿Qué dicen las iglesias establecidas sobre esta tendencia?
Las iglesias cristianas, tanto católicas como evangélicas, han reaccionado al fenómeno SBNR con una mezcla de preocupación pastoral y crítica teológica. En 2022, la Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano publicó un documento titulado "El anuncio del Evangelio en un mundo cambiante", donde reconocía que "el fenómeno de los 'espirituales sin religión' constituye uno de los mayores desafíos pastorales del siglo XXI". El texto, filtrado parcialmente a la prensa, instaba a los obispos a no condenar el fenómeno sino a comprender sus causas, aunque sin abandonar la posición de que la plenitud de la fe requiere comunidad y sacramentos.
El cardenal Robert Sarah, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino, fue más explícito en 2019 al calificar al SBNR de "espiritualidad de supermercado", donde el individuo selecciona elementos de distintas tradiciones sin asumir compromisos comunitarios ni disciplina moral. Esta postura crítica es compartida por líderes evangélicos como el pastor estadounidense John MacArthur, quien en su libro "The Gospel According to the Apostles" (2020) argumentó que la espiritualidad sin religión es una contradicción en los términos, ya que la fe auténtica requiere sumisión a la autoridad de las Escrituras y la comunidad de creyentes.
Sin embargo, no todas las voces institucionales son condenatorias. El Papa Francisco, durante la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa en 2023, afirmó que "muchos jóvenes buscan a Dios sin saberlo" y pidió a las iglesias "no juzgar a quienes se alejan, sino preguntarse por qué se van". Esta declaración, aunque no ofreció datos cuantitativos, fue interpretada como un reconocimiento institucional del fenómeno y un llamado a la autocrítica eclesial.
El debate central: ¿autenticidad espiritual o consumismo religioso?
La controversia académica y pastoral en torno al SBNR se estructura en torno a tres posturas enfrentadas que merecen ser examinadas con rigor.
Postura A: crítica institucional
Representada por líderes de iglesias establecidas, especialmente católicas y evangélicas, esta postura sostiene que el "espiritual pero no religioso" es una forma de religión a la carta donde el individuo selecciona elementos de distintas tradiciones sin asumir compromisos comunitarios ni disciplina moral. El cardenal Robert Sarah lo calificó de "espiritualidad de supermercado" en una conferencia en 2019. Para esta postura, la religión requiere comunidad, tradición y autoridad; sin ellas, la espiritualidad se vuelve autorreferencial y, en última instancia, vacía. El teólogo estadounidense Stanley Hauerwas ha argumentado que el SBNR es una manifestación del individualismo liberal que reduce la fe a una preferencia de consumo, despojándola de su capacidad para formar carácter y comunidad.
Postura B: defensa de la autonomía espiritual
Académicos como la socióloga Grace Davie (Universidad de Exeter) argumentan que el fenómeno refleja un cambio profundo en la relación con lo sagrado: de una religión de pertenencia (nacer en una tradición) a una religión de búsqueda (elegir y combinar). En su obra "Religion in Britain: A Persistent Paradox" (2015), Davie sostiene que esto no es necesariamente decadencia espiritual, sino una transformación de la autoridad religiosa: de la institución al individuo. El problema, señalan críticos dentro de esta misma postura, es que esta autonomía puede derivar en una espiritualidad desvinculada de la justicia social. El filósofo Charles Taylor, en "A Secular Age" (2007), describe este proceso como parte de la "era de la autenticidad", donde la búsqueda espiritual se legitima por su sinceridad personal más que por su conformidad con una tradición.
Postura C: mediación académica
Nancy Ammerman, socióloga de la Universidad de Boston, propone en su estudio de 2020 "Spiritual But Not Religious? Beyond Binary Thinking in the Study of Religion" que la dicotomía "religioso vs. espiritual" es falsa. Su investigación demostró que la mayoría de las personas combinan elementos de ambas categorías: muchos "espirituales" participan en rituales comunitarios, y muchos "religiosos" tienen experiencias espirituales personales. Ammerman documentó que el 65% de quienes se autodenominan "espirituales pero no religiosos" practican alguna forma de meditación o yoga con fines espirituales, y un 38% ha consultado a chamanes, santeros o guías espirituales no institucionales. El debate, sugiere, debería centrarse no en la etiqueta, sino en las prácticas concretas y sus efectos sociales.
¿Por qué la gente abandona las religiones institucionales?
Las causas del auge SBNR son múltiples y no pueden reducirse a una sola explicación. La investigación sociológica identifica al menos cuatro factores interrelacionados.
Primero, los escándalos institucionales. Los abusos sexuales en la Iglesia católica, documentados exhaustivamente en informes como el de la Comisión de Investigación de Pensilvania (2018) o el Informe de la Conferencia Episcopal Francesa (2021), han erosionado profundamente la confianza en la autoridad eclesiástica. Un estudio del Pew Research Center de 2019 encontró que el 39% de los católicos estadounidenses dijeron que los escándalos de abuso habían debilitado su fe. Aunque no hay datos que vinculen directamente estos escándalos con el crecimiento del SBNR, la coincidencia temporal es significativa.
Segundo, la rigidez doctrinal. La oposición de las iglesias a cambios sociales como el matrimonio igualitario, la ordenación de mujeres o el acceso a la anticoncepción ha alejado a muchos creyentes, especialmente jóvenes. La Encuesta del CIS de 2023 en España mostró que el 58% de los menores de 35 años afirmaban tener creencias espirituales no vinculadas a ninguna religión, una cifra que duplica la de la población general.
Tercero, la individualización de la autoridad. Como señala el sociólogo Zygmunt Bauman en "Modernidad Líquida" (2000), las sociedades contemporáneas han desplazado la autoridad de las instituciones al individuo. Esto se aplica también a la esfera espiritual: cada persona se siente legitimada para construir su propio sistema de creencias a partir de fuentes diversas, sin necesidad de mediación institucional.
Cuarto, la oferta espiritual del mercado. El auge de la autoayuda, el mindfulness, el yoga y otras prácticas espirituales desvinculadas de tradiciones religiosas ha creado un ecosistema donde la espiritualidad se presenta como un producto de consumo accesible, sin los costos de pertenencia que exigen las religiones institucionales. Un estudio de la Universidad de Chicago (2020) dirigido por Nancy Ammerman documentó que el 65% de los SBNR practican meditación o yoga con fines espirituales, y un 38% ha consultado a guías espirituales no institucionales.
¿Qué se pierde cuando la espiritualidad se privatiza?
Esta pregunta constituye el núcleo de la conciencia crítica que debe acompañar cualquier análisis del fenómeno SBNR. Históricamente, las religiones organizadas han funcionado no solo como mediadoras entre lo divino y lo humano, sino también como estructuras de poder que regulaban la vida social, la sexualidad, la economía y la política. El declive de esa mediación no significa necesariamente que la gente sea menos espiritual, sino que ya no acepta que una institución le diga cómo debe ser su relación con lo sagrado.
Sin embargo, esta liberación tiene un costo. Las religiones han sido históricamente vehículos de cohesión social, solidaridad comunitaria y acción política colectiva. El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, liderado por iglesias afroamericanas, o la teología de la liberación en América Latina, son ejemplos de cómo la fe institucional puede ser motor de justicia. La espiritualidad individualizada, en cambio, corre el riesgo de convertirse en un producto de consumo —cursos de mindfulness, retiros de yoga, lecturas de autoayuda— que calma la ansiedad del individuo pero no transforma las estructuras sociales que la generan.
El estudio de la Universidad de Harvard (2021) dirigido por Tyler VanderWeele encontró que las personas que se identifican como "espirituales pero no religiosas" presentan tasas de voluntariado un 23% menores que los miembros activos de comunidades religiosas, aunque niveles similares de satisfacción vital. Este dato sugiere que la privatización de la espiritualidad puede debilitar el compromiso cívico y la solidaridad organizada, aunque no necesariamente la felicidad individual.
Conviene preguntarse también por el papel del dinero y el poder en este fenómeno. El mercado de la espiritualidad —retiros, libros, aplicaciones de meditación, cursos de formación— mueve miles de millones de dólares anuales. Empresas como Mindful Leader o Gaia.com han construido imperios comerciales sobre la base de una espiritualidad desvinculada de comunidades y tradiciones. Esto no implica una conspiración, sino una dinámica de mercado que transforma la búsqueda espiritual en una mercancía más, con todos los riesgos de superficialidad y alienación que ello conlleva.
El caso de las religiones afrocubanas: una alternativa comunitaria
Un contrapunto revelador al individualismo espiritual lo ofrecen las religiones de origen yoruba, como la Santería y el Palo Monte, que han experimentado un crecimiento significativo entre personas que rechazan el cristianismo institucional pero buscan una espiritualidad concreta, ritualizada y vinculada a los ancestros. Investigaciones académicas, como las realizadas por la Universidad de Cali (Colombia) entre 2012 y 2020, documentaron que estas tradiciones —de inspiración bantú y yoruba respectivamente— han crecido especialmente entre quienes abandonan el catolicismo o el protestantismo pero no quieren renunciar a una dimensión comunitaria de la fe.
En 2020, se estimaba que más de 100 millones de personas en el mundo practican alguna forma de religión de origen yoruba, muchas de ellas sin adscripción formal a una "iglesia". Lo interesante de estas tradiciones es que mantienen una fuerte dimensión comunitaria y ritual: exigen iniciación, respeto a los ancestros, y una ética de reciprocidad con la comunidad y la naturaleza. No son "espiritualidad a la carta": hay autoridades reconocidas (babalawos, santeros), rituales estrictos, y un sistema de obligaciones mutuas.
Este caso nos recuerda que la alternativa a la religión institucional no tiene por qué ser el individualismo espiritual. Pueden existir formas de fe colectiva no jerárquicas, no dogmáticas, pero sí comprometidas con la comunidad. La Santería y el Palo Monte ofrecen un modelo donde la espiritualidad es personal pero no privada, ritualizada pero no burocratizada, y profundamente vinculada a la historia y la memoria colectiva.
¿Es posible una espiritualidad sin religión que transforme la sociedad?
La respuesta a esta pregunta depende de cómo se defina "transformación social". Si por ello entendemos la movilización colectiva para cambiar estructuras de poder injustas, la historia sugiere que las religiones institucionales han sido más efectivas que las espiritualidades individuales. El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos no habría sido posible sin las iglesias afroamericanas como organizaciones de base. La teología de la liberación en América Latina impulsó comunidades eclesiales de base que lucharon contra dictaduras y desigualdades.
Sin embargo, también existen ejemplos de espiritualidades no institucionales con impacto social. El movimiento ecologista contemporáneo, por ejemplo, está profundamente influido por una espiritualidad de conexión con la naturaleza que no depende de religiones organizadas. El filósofo y activista ambiental Thomas Berry (1914-2009) desarrolló una "espiritualidad de la Tierra" que ha inspirado a miles de personas sin requerir afiliación religiosa. De manera similar, el movimiento de justicia restaurativa ha encontrado en prácticas meditativas y de mindfulness —desvinculadas de tradiciones religiosas— herramientas para la reconciliación comunitaria.
La clave, sugiere Nancy Ammerman, no está en la etiqueta (religioso vs. espiritual) sino en las prácticas concretas y sus efectos. Una persona que medita diariamente pero no asiste a ninguna iglesia puede desarrollar una ética de compasión y compromiso social, mientras que un miembro activo de una congregación puede reducir su fe a un ritual vacío. Lo que importa es si la espiritualidad —institucional o no— genera vínculos de solidaridad, responsabilidad y transformación.
Conclusión: hacia un camino interior sin moralina
El auge del "espiritual pero no religioso" no es ni una crisis de fe ni una liberación espiritual, sino un síntoma de una transformación más profunda en la relación entre el individuo y las instituciones en las sociedades contemporáneas. Las iglesias tienen razón al señalar los riesgos de una espiritualidad desvinculada de comunidad y tradición: puede volverse autorreferencial, consumista y políticamente inerte. Pero también tienen que reconocer que su propia crisis de autoridad no es accidental: los escándalos, la rigidez doctrinal y la alianza con el poder político han contribuido a alejar a quienes buscan una experiencia espiritual auténtica.
Para quienes transitan este camino —y son cada vez más—, la pregunta no es si deben volver a una religión institucional o abrazar un individualismo espiritual sin compromisos. La pregunta es cómo construir formas de espiritualidad que sean personales pero no privadas, autónomas pero no solitarias, críticas pero no destructivas. Las religiones afrocubanas, el ecologismo espiritual, las comunidades de meditación laica y otras experiencias emergentes ofrecen pistas sobre cómo podría ser ese camino.
En última instancia, la búsqueda espiritual del siglo XXI nos enfrenta a una paradoja que no tiene solución fácil: necesitamos comunidad para no caer en el aislamiento, pero desconfiamos de las instituciones que históricamente han proporcionado esa comunidad. Tal vez la respuesta no esté en elegir entre religión o espiritualidad, sino en aprender a construir comunidades que no repitan los errores de las instituciones que hemos dejado atrás. Ese es el desafío, y también la oportunidad, de nuestro tiempo.
